Hoy por las redes vuelven a llamarnos “asesinos”, “terroristas urbanos” y todas esas lindezas, rememorando lamentables episodios, entre ellos, el protagonizado por un usuario de la bici de Barcelona el cual atropelló a un peatón que falleció, posteriormente.

Toda esa jauría no deja de alimentarse con cualquier motivo, con cualquier tipo de presa, incluida está desdichada noticia, para poder continuar acosando y hostigando al usuario de la bicicleta en un ejercicio permanente de la caza compartida que tiene lugar en el seno de este gran coto en el que se ha convertido nuestra sociedad.

Primero recordar que en las crónicas de esos días leí que en Barcelona se producen unos 12’000 atropellos cada año, es decir mil al mes o 30 a diario. Por supuesto no todos con víctimas mortales.

Segundo, creo recordar que alguien de Conbici había calculado que la probabilidad en España de muerte por atropello por un ciclista es equivalente a la probabilidad de muerte por ser alcanzado por un rayo. Si un rayo de los de verdad, una descarga eléctrica durante una tormenta. No un “rayo” o vehículo demasiado rápido.

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Aun así, los periodistas y la gente, en general, tienden a defender al automovilista y culpabilizar al usuario de la bici porque creen que todos somos unos descerebrados conductores ya que se sigue considerando, de manera mayoritaria, que los de las bicis todavía son gente un poco rara.

Cuestión que, desafortunadamente, se encuentra también ligada a los conflictos generados al hacer pasar a los ciclistas, como estipula el paradigma mal entendido de la movilidad ciclista en este país, por los mismos lugares que los peatones (espacio que ellos piensan les ha sido robado).

Lo que conlleva que, a día de hoy, seamos los menos nocivos, los más vulnerables los que concentremos el ansia de depredación tanto de quien ostenta el máximo  protagonismo en el espacio urbano, el auto y/o moto como de aquellos que deberían orientar sus capacidades para la caza no hacia los que no le quieren robar nada y si, hacia los que acaparan dicho espacio practicando su  tránsito motorizado, en el que cada día que pasa, según mi propia experiencia rodada, más parece que todo vale.

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